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      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 15. Los bolcheviques y Lenin, de la Historia de la Revolución Rusa

      The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.

      Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 233-251.

      Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.

      Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.



      El día 3 de abril llegó Lenin a Petrogrado de la emigración. Hasta este momento no empieza el partido bolchevique a hablar en voz alta y, lo que es más importante, a tener voz propia.

      El primer mes de la revolución fue para el bolchevismo un período de desconcierto y vacilaciones. En el manifiesto del Comité central de los bolcheviques, escrito inmediatamente después de triunfar el movimiento de Febrero, decíase: «Los obreros de las fábricas, así como los soldados sublevados, deben elegir inmediatamente sus representantes en el gobierno revolucionario provisional.» El manifiesto vio la luz en el órgano oficial del Soviet, sin comentario ni objeciones, como si se tratara de un documento académico. Y es que hasta los propios dirigentes bolcheviques a atribuían a su consigna un valor meramente demostrativo. No hablaban como representantes de un partido proletario que se dispone a afrontar una lucha imponente por la conquista del poder, sino como el ala izquierda de la democracia que, al proclamar sus principios, tiende a abrazar el cometido de oposición leal durante un período de tiempo indefinido.

      Sujánov afirma que en la sesión celebrada por el Comité ejecutivo el 1º de marzo sólo se discutieron las condiciones de traspaso del poder. Contra el hecho mismo de la constitución de un gobierno burgués no se alzó ni una sola voz, a pesar de que, de los 39 miembros del Comité ejecutivo, 11 eran bolcheviques y simpatizantes: tres de ellos, Zalutski, Chliapnikov y Mólotov, pertenecían al centro.

      Al día siguiente, según cuenta el propio Chliapnikov, de los 400 diputados presentes en la sesión del Soviet, sólo votaron en contra de la entrega del poder a la burguesía 19, cuando la fracción bolchevique contaba ya con 40. Esta votación se desarrolló en medio de la mayor tranquilidad, en medio de un orden parlamentario perfecto, sin que los bolcheviques formulasen proposición alguna clara en contra, y sin provocar lucha ni agitación de ninguna clase en la prensa bolchevique.

      El 4 de marzo, el buró del Comité central votó una resolución acerca del carácter contrarrevolucionario del gobierno provisional y la necesidad de orientarse hacia la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. El Comité de Petrogrado, para quien esta resolución no tenía, como así era, más que un valor puramente académico, puesto que no indicaba qué era lo que había de hacerse, enfocó el problema desde el extremo opuesto. «Teniendo en cuenta la resolución acerca del gobierno provisional votada por el Soviet», declara que «no se opone al poder del gobierno provisional en la medida en que...» Era, en esencia, la posición de los mencheviques y socialrevolucionarios, sólo que replegada sobre la segunda línea. Esta posición abiertamente oportunista del Comité de Petrogrado no contradecía más que en la forma a la adoptada por el Comité central, cuyo carácter académico no significaba escuetamente más que la avenencia política con el hecho consumado.

      Esta predisposición a allanarse silenciosamente o con reserva al gobierno burgués no halló, ni mucho menos, una acogida incondicional entre los elementos del partido. Los obreros bolcheviques se estrellaron inmediatamente contra el gobierno provisional como contra una fortaleza enemiga que se alzase inesperadamente en su camino. El Comité de Viborg celebraba mítines de miles de obreros y soldados, en los que se votaban, casi por unanimidad, resoluciones haciendo resaltar la necesidad de que el Soviet tomara en sus manos el poder. Digelstedt, que participó activamente en esta campaña de agitación, atestigua: «No hubo un solo mitin, una sola asamblea obrera que rechazara nuestras proposiciones, si había alguien que se las presentara.» En los primeros días, los mencheviques y los socialrevolucionarios no se atrevían a plantear abiertamente ante l auditorio de obreros y soldados la cuestión del poder tal como ellos la concebían. En vista del éxito que obtuvo la resolución de los obreros de Viborg, fue impresa y fijada por las esquinas como un pasquín. Pero el Comité de Petrogrado le puso el veto y los bolcheviques de Viborg no tuvieron más remedio que someterse.

      En lo tocante al contenido social de la revolución y a las perspectivas de su desarrollo, la posición de los dirigentes bolcheviques no era menos confusa. Chliapnikov cuenta: «Coincidíamos con los mencheviques en que estábamos atravesando un momento revolucionario que se caracterizaba por la destrucción del régimen feudal, el cual debía ser sustituido por las «libertades» propias del régimen burgués.» En su primer número, la Pravda escribía: «La misión fundamental consiste... en la instauración del régimen democrático republicano.» En su mandato a los diputados obreros, el Comité de Moscú declaraba: «El proletariado aspira a conseguir las libertades necesarias para luchar por el socialismo, que es su objetivo final.» La tradicional alusión al «objetivo final» subraya suficientemente la distancia histórica que separaba esta posición del socialismo. Nadie iba más allá. El miedo a rebasar lo límites de la revolución democrática dictaba una política expectante, de adaptación y de retirada manifiesta ante las consignas de los conciliadores.

      No es difícil comprender la grave repercusión que tenía en provincias esta alta de decisión política por parte del centro. Nos limitaremos a traer aquí el testimonio de uno de los dirigentes de la organización de Saratov: «Nuestro partido, que había tomado una participación activa en el movimiento revolucionario, había dejado escapar, evidentemente, la influencia que tenía sobre las masas, las cuales fueron a parar a manos de los mencheviques y los socialrevolucionarios. Nadie sabía cuáles eran las consignas de los bolcheviques... Un cuadro muy poco agradable.»

      Los bolcheviques de izquierda, empezando por los obreros, hacían cuanto podían por romper el cerco. Pero tampoco ellos sabían cómo hacer frente a los argumentos acerca del carácter burgués de la revolución y de los peligros de aislamiento del proletariado, y se sometían a regañadientes a las orientaciones de la dirección. Las distintas tendencias que se dibujaban en el bolchevismo chocaron con bastante violencia, unas contra otras, desde el primer día, pero sin que ninguna de ellas llevase sus ideas hasta las últimas consecuencias. La Pravda reflejaba este estado confuso y vacilante de las ideas del partido, sin contribuir en lo más mínimo a armonizarlas. Hacia mediados de marzo se complicó aún más la situación, al llegar del destierro Kámenev y Stalin, que imprimieron un giro francamente derechista a la política oficial del partido.

      Kámenev, bolchevique casi desde la fundación del partido, había militado siempre en el ala derecha. No carecía de preparación teórica ni de sentido político, y estaba dotado de una gran experiencia de la lucha entre las fracciones rusas del partido y de una reserva considerable de observaciones políticas adquiridas en los países occidentales, todo lo cual le permitía asimilar mejor que muchos otros bolcheviques las ideas de Lenin, pero siempre para darles en la práctica la interpretación más pacífica posible. De él no cabía esperar personalidad en la decisión ni iniciativa en la acción, Kámenev, magnífico propagandista, orador y periodista reflexivo, aunque no brillante, era un elemento de gran valor cuando había que entablar negociaciones con otros partidos o investigar lo que sucedía en otras esferas sociales, bien entendido que de estas excursiones volvía siempre trayendo adherido algo de los medios ajenos. Estos rasgos de Kámenev eran tan claros y tan patentes, que casi nadie se equivocaba cuando se trataba de juzgar su personalidad. Sujánov observa en él la ausencia de «ángulos agudos»: «Hay que llevarle siempre a rastras, y si alguna vez se hace el remolón, no es difícil reducirle.» En el mismo sentido se expresa, hablando de él, Stankievich: «La actitud de Kámenev respecto a los adversarios era tan suave, que parecía avergonzarse de la intransigencia de su posición; en el Comité era, indudablemente, mas que un adversario, un mero elemento de oposición.» A esto, poco hay que añadir.

      Stalin era un tipo de bolchevique perfectamente distinto, tanto por su psicología como por la misión que desempeñaba dentro del partido; su actividad era la de un sólido organizador, teórica y políticamente primitivo. Kámenev, como publicista que era, había pasado una larga serie de años al lado de Lenin en la emigración, donde se concentraba la labor teórica del partido; a Stalin, que era lo que se llama un práctico, sin horizontes teóricos, sin gran interés por los problemas políticos y sin el menor conocimiento de idiomas extranjeros, no había quien le apartase del solar ruso. Los militantes de este tipo sólo hacían breves escapadas al extranjero, de tarde en tarde, para recibir instrucciones, ponerse de acuerdo sobre la labor que habían de desarrollar y retornar en seguida a Rusia. Stalin se distinguía entre los elementos prácticos por su energía, su tenacidad y su inventiva en las combinaciones de entre bastidores. Kámenev, hombre tímido, «se avergonzaba de las consecuencias prácticas a que llevaba el bolchevismo»; Stalin propendía, por el contrario, a sostener sin el menor miramiento ni atenuación las conclusiones prácticas adoptadas con una mezcla de tenacidad y grosería.

      A pesar de esta divergencia tan grande de caracteres, Kámenev y Stalin abrazan, a principios de la revolución, una posición común, y no tenía nada de particular, pues se completaban mutuamente. Concepción revolucionaria sin voluntad revolucionaria es lo mismo que un reloj con el muelle roto: el minutero político de Kámenev iba siempre retrasado con relación a los objetivos revolucionarios. Pero, por otra parte, la ausencia de una amplia concepción política condena al político de más voluntad de la indecisión ante acontecimientos importantes y complejos. Un empírico como Stalin es terreno abonado para que en él florezcan todas las influencias extrañas, no por parte de la voluntad, sino del pensamiento. Y he aquí cómo un publicista sin voluntad y un organizador sin horizontes teóricos llevaron, en marzo, su bolchevismo hasta las puertas mismas del menchevismo. Stalin resultó ser todavía, incapaz que Kámenev para adoptar una posición personal dentro del Comité ejecutivo, del que entró a formar parte como representante del partido. En las actas ni en la prensa no ha quedado una sola proposición, declaración o protesta en la que veamos a Stalin expresar el punto de vista bolchevique frente a la sumisión de la «democracia» ante el liberalismo. Sujánov dice en sus Memorias: «En aquel entonces, los bolcheviques tenían en el Comité ejecutivo, además de Kámenev, a Stalin. Durante su modesta actuación dentro del Comité ejecutivo, producía -y no sólo a mí- la impresión de una mancha gris, que a veces brillaba fugazmente con una luz tenue que no dejaba rastro. Es todo lo que se puede decir de él.» Si Sujánov, en términos generales, no aprecia en toda su valor a Stalin, no puede negarse que caracteriza bastante acertadamente su falta de personalidad política en aquel Comité ejecutivo conciliador.

      El 14 de marzo, aceptábase por unanimidad el manifiesto. «A los pueblos de todo el mundo», que interpretaba el triunfo de la revolución de Febrero a favor de la Entente y ponía al movimiento revolucionario ruso el cuño socialpatriótico francés. Era, a no dudar, un gran éxito de Kámenev y Stalin, obtenido, evidentemente, sin gran lucha. La Pravda hablaba de este documento como de «un compromiso consciente entre las distintas tendencias representadas en el Soviet.»

      Hubiera debido añadir que el tal compromiso implicaba una franca ruptura con las ideas de Lenin, que en el Soviet nadie defendía.

      Kámenev, miembro de la redacción del órgano central en el extranjero; Stalin, miembro del Comité central, y Muranov, diputado de la Duma, que volvía también de Siberia, destituyeron a la antigua redacción de la Pravda, por demasiado «izquierdista», y, amparándose en sus derechos, harto problemáticos, asumieron la dirección del periódico a partir del 15 de marzo. En el artículo en que la nueva redacción anunciaba sus propósitos se decía que los bolcheviques apoyarían decididamente al gobierno provisional «en cuanto luchase contra la reacción y la contrarrevolución». Respecto a la guerra, los nuevos dirigentes se pronunciaban de un modo igualmente categórico: mientras el ejército alemán obedezca al káiser, el soldado ruso «deberá permanecer firme en su puesto contestando a las balas con las balas y a los obuses con los obuses». «Nuestra consigna no debe ser un ¡Abajo la guerra! sin contenido. Nuestra consigna debe ser: ejercer presión sobre el gobierno provisional con el fin de obligarle... a tantear la disposición de los países beligerantes respecto a la posibilidad de entablar negociaciones inmediatamente... Entre tanto, todo el mundo debe permanecer en supuesto de combate.» Lo mismo las ideas que el modo de formularlas son defensistas hasta la médula. La fórmula de presionar a un gobierno imperialista, con el fin de «inclinarle» a una actitud pacifista, era el programa de Kaustky en Alemania, el de Jean Longuet en Francia, el de Mac Donald en Inglaterra; pero distaba mucho de ser el de Lenin, que predicaba el derrumbamiento del régimen imperialista. Defendiéndose de los ataques de la prensa patriótica, la Pravda iba todavía más lejos: «Todo derrotismo -afirmaba- o, por mejor decir, lo que la prensa mal informada estigmatizaba bajo la censura zarista con este nombre, desapareció en el momento de aparecer en las calles de Petrogrado el primer regimiento revolucionario.» Esto equivalía a romper de lleno con la posición mantenida por Lenin. El «derrotismo» no era, ni mucho menos, una invención de la prensa enemiga amparada por la censura, sino una fórmula de Lenin: «La derrota de Rusia es el mal menor.» Ni la aparición del primer regimiento revolucionario, ni aun el derrumbamiento de la monarquía, modificaba el carácter imperialista de la guerra. El día en que salió a la cale el primer número de la Pravda transformada fue -cuenta Chliapnikov- un día de júbilo general para los defensistas. Todo el palacio de Táurida, desde los hombres del Comité de la Duma hasta el corazón mismo de la democracia revolucionaria -el Comité ejecutivo- estaba absorbido por una noticia: el triunfo de los bolcheviques moderados y razonables sobre los extremistas. En el propio Comité ejecutivo nos acogieron con sonrisas burlones... Cuando este número de la Pravda se recibió en las fábricas, llevó una completa perplejidad al ánimo de los afiliados y simpatizantes de nuestro partido y una gran alegría a nuestros adversarios... En los suburbios la indignación era inmensa, y cuando los proletarios se enteraron de que se habían apoderado de la Pravda tres compañeros llegados de Siberia, antiguos redactores del periódico, se exigió su exclusión del partido.»

      La Pravda no tuvo más remedio que publicar una enérgica protesta de los obreros de Viborg: «Si el periódico no quiere perder la confianza de los barrios obreros, debe sostener la antorcha de la conciencia revolucionaria, por mucho que moleste a la vista de las lechuzas burguesas.» Las protestas de abajo llevaron a la redacción a mostrarse más cauta en la expresión, pero no a modificar la política. Hasta el primer artículo publicado por Lenin, a su llegada del extranjero, pasó por las columnas del periódico sin dejar huella en la mente de sus redactores. La orientación derechista navegaba a velas desplegadas. «En nuestras campañas de propaganda -cuenta Digelstedt, representante del ala izquierda- teníamos que tomar en consideración el principio de la dualidad de poder... y demostrar su carácter inevitable a aquella masa de obreros y soldados que en el transcurso de medio mes de vida política intensa se había educado en una concepción completamente distinta de sus objetivos.»

      La política del partido en el resto del país se acomodaba, naturalmente, a la de la Pravda. En muchos soviets, las propuestas presentadas acerca de los problemas fundamentales se votaban por unanimidad; los bolcheviques acataban sin rechistar la mayoría. En la conferencia de los soviets de la región de Moscú los bolcheviques se adhirieron a la resolución presentada por los socialpatriotas respecto a la guerra. Finalmente, en la conferencia de representantes de 82 soviets de toda Rusia, celebrada en Petrogrado a fines de marzo y principios de abril, los bolcheviques votaron por la resolución oficial acerca del poder, que defendió Dan. Esta notable aproximación política a los mencheviques respondía a las tendencias conciliadoras, que ya habían tomado mucho auge. En provincias, bolcheviques y mencheviques formaban parte de organizaciones mixtas. La fracción Kámenev-Stalin iba convirtiéndose cada vez más marcadamente en el ala izquierda de la «democracia revolucionaria» y se plegaba a la mecánica de la «presión» parlamentaria de entre bastidores sobre la burguesía, combinándola con un presión de entre bastidores sobre la democracia.

      El centro espiritual del partido residía en el sector del Comité central emigrado y en la redacción del órgano central El Socialdemócrata. Lenin, ayudado por Zinóviev, llevaba toda la labor de dirección. Las funciones de secretaria, de gran responsabilidad, corrían a cargo de Krupskaya, la mujer de Lenin. Para las funciones prácticas, este pequeño centro se apoyaba en algunas docenas de bolcheviques emigrados. Durante la guerra, la falta de contacto con Rusia tomó caracteres graves, tanto más cuanto más la policía militar de la Entente iba apretando su círculo de hierro. La explosión revolucionaria, tan ansiosamente esperada durante largos años, cogió desprevenido al centro bolchevique. Inglaterra se negó categóricamente a dejar entrar en Rusia a los emigrados internacionalistas, cuya lista llevaba celosamente. Lenin, enjaulado en Zurich, se desesperaba buscando el modo de evadirse. Entre los cien planes que se forjaron había uno que consistía en hacer el viaje con el pasaporte de un sordomudo escandinavo. Lenin, torturado por esta idea, no desperdicia ocasión para hacer oír su voz desde Suiza. Ya el 6 de marzo telegrafía a Petrogrado, vía Estocolmo: «Nuestra táctica: desconfianza absoluta, negar todo apoyo al nuevo gobierno; recelamos especialmente de Kerenski; no hay más garantía que armar al proletariado; elecciones inmediatas a la Duma de Petrogrado; mantenerse bien separados de los demás partidos.» En estas primeras instrucciones sólo tenía carácter episódico lo de elecciones a la Duma y no al Soviet, y pronto había de quedar eliminado este punto; los demás extremos, concretados, en una forma telegráficamente escueta, señalan ya perfectamente la orientación general de la política leninista. Simultáneamente, Lenin empieza a enviar a la Pravda sus «Cartas desde lejos», que, apoyándose en la fragmentaria información de los periódicos extranjeros, hacen un análisis definitivo de la situación revolucionaria. Las noticias de los periódicos extranjeros le permiten llegar en seguida a la conclusión de que el gobierno provisional, directamente apoyado no sólo por Kerenski, sino por Cheidse, está engañando con bastante éxito a los obreros, haciendo pasar como defensiva la guerra imperialista. El 17 de marzo envía, por conducto de los amigos de Estocolmo, una carta llena de inquietud: «Nuestro partido se cubriría para siempre de oprobio, se suicidaría políticamente, si se dejara llevar por esta añagaza... Preferiría incluso romper inmediatamente con quien fuese, dentro de nuestro partido, a hacer concesiones de ningún género al socialpatriotismo...» Después de esta amenaza, aparentemente impersonal, pero dirigida en realidad contra determinadas personas. Lenin advierte: «Kámenev debe comprender que sobre él recae una verdadera responsabilidad histórica.» Alude directamente a Kámenev porque se trata de cuestiones políticas de principio. Si se hubiera tratado de problemas prácticos combativos, Lenin hubiera apuntado de seguro a Stalin. En aquellos momentos, cuando Lenin se esforzaba en hacer llegar a Petrogrado, a través de la Europa humeante, la voz de su firme voluntad, Kámenev, apoyado por Stalin, viraba resueltamente proa al socialpatriotismo.

      Los planes de evasión a base de maquillaje, pelucas, pasaportes falsos o ajenos iban abandonándose uno tras otro, por irrealizables. De un modo cada vez más perfilado, iba tomando cuerpo la idea de atravesar por Alemania. Este plan asustaba a la mayoría de los emigrados, no sólo a los patriotas. Mártov y otros mencheviques no se decidían a asociarse a aquella descarada ocurrencia de Lenin y seguían llamando inútilmente a las puertas de la Entente. Fueron también mucho los bolcheviques que, después de realizado, pusieron reproches a aquel viaje, al encontrarse con que el famoso «vagón precintado» entorpecía un poco sus campañas de propaganda. A Lenin no se le escapaban aquellas posibles dificultades futuras. Poco antes de salir de Zurich, Krupskaya escribía: «Los patriotas de Rusia pondrán el grito en el cielo, naturalmente; hay que disponerse a oír lo que digan.» El dilema era éste: o quedarse en Suiza o pasar por Alemania. No había otra salida. ¿Y podía Lenin vacilar ni un solo minuto? Un mes después, ni un día más ni menos, Mártov, Axelrod y otros veíanse obligados a seguir su ejemplo.

      En la organización de este insólito viaje atravesando un país enemigo en plena guerra se nos revelan los rasgos esenciales de Lenin como político: la intrepidez en el propósito y la previsión cuidadosa en la ejecución. Dentro de este gran revolucionario se albergaba un notario meticuloso que sabía lo que traía entre manos y se ponía a levantar acta de un paso que podía contribuir a echar por tierra todas las actas notariales. Aquella especie de tratado internacional de tránsito, concertado entre la redacción del periódico de los emigrados y el Imperio de los Hohenzollern, contenía las condiciones del paso de éstos por el territorio alemán, trazadas con exquisita escrupulosidad. Lenin exigió para el viaje de tránsito completa extraterritorialidad; los viajeros cruzarían por Alemania sin que nadie tuviese derecho a pedirles los pasaportes, registrarles los equipajes ni poner el pie en el vagón durante el viaje (de aquí nació la leyenda del «vagón precintado»). Por su parte, los emigrados se comprometían a gestionar, una vez en Rusia, la liberación de un número igual de prisioneros civiles alemanes y austrohúngaros.

      Antes de partir, los rusos firmaron, con algunos revolucionarios extranjeros, una declaración en los términos siguientes: «Los internacionalistas rusos que se dirigen a Rusia con el fin de ponerse al servicio de la revolución nos ayudarán a levantar a los proletarios de los demás países, sobre todo a los de Alemania y Austria, contra sus gobiernos.» Así rezaba el acta, firmada por Loriot y Guilbeaux, de Francia; Paul Levy, de Alemania; Platten, de Suiza; los diputados izquierdistas suecos y algunos otros. Con estas condiciones y cautelas, salieron de Suiza a fines de marzo treinta emigrados rusos; aun en tiempos de guerra, en que abundaban las municiones potentes, aquellos viajeros eran carga de una fuerza explosiva poco común.

      En su carta de despedida a los obreros suizos, Lenin les recordaba la declaración hecha en el otoño de 1915 por el órgano central de los bolcheviques: «Si la revolución rusa lleva al poder a un gobierno republicano que se obstine en proseguir la guerra imperialista, los bolcheviques estarán contra la defensa de la patria republicana. Esta situación se ha producido. Y nuestro lema es: no queremos nada con un gobierno Guchkov-Miliukov.» Con esta palabra, Lenin ponía la planta del pie en el territorio de la revolución.

      Pero los miembros del gobierno provisional no veían en ello motivo alguno de intranquilidad. Nabokov cuenta: «En una de las sesiones celebrada en marzo por el gobierno provisional, como se hablase en una pausa de los vuelos que iban tomando las propagandas bolcheviques, Kerenski dijo, riéndose histéricamente, como de costumbre: «Aguardad, aguardad a que llegue Lenin, y ya veréis entonces lo que es bueno.» Y Kerenski tenía razón. Sin embargo, los ministros, según Nabokov, no creían que hubiera razón para inquietarse. «Ya el solo hecho de atravesar por Alemania quebrantará hasta tal punto el prestigio de Lenin, que no habrá por qué temerle.» Los ministros se mostraban en esto, como en todo, muy perspicaces.

      Algunos amigos y discípulos acudieron a recibir a Lenin en Finlandia. «Tan pronto como entramos en el vagón y nos sentamos -cuenta Raskolnikov, joven oficial de la Marina y bolchevique-, Vladimir Ilich se lanzó sobre Kámenev: «¿Qué diablos estáis escribiendo en la Pravda? Hemos visto algunos números, ¡y os hemos puesto buenos!...»» Tal era el encuentro, después de varios años de separación. Lo cual no quiere decir que no fuese cordial.

      El Comité de Petrogrado, con ayuda de la organización militar, movilizó a varios miles de obreros y soldados para recibir solemnemente a Lenin. Una división de autos blindados puso a disposición del Comité todos los disponibles. El Comité decidió acudir a la estación con los autos blindados: la revolución mostraba ya sus simpatías por aquellos monstruos de hierro con los cuales tan útil es poder contar en las calles de una ciudad.

      El relato de la recepción oficial, que tuvo lugar en el llamado «salón del zar» de la estación de Finlandia, es una página muy animada en las voluminosas y casi siempre monótonas Memorias de Sujánov. «Lenin, tocado con un gorro redondo de piel, el rostro helado y empuñando un magnífico ramo de flores, entró en el salón del zar o, por mejor decir, se precipitó en él. Al llegar al centro del salón se detuvo ante Cheidse como si hubiera tropezado con un obstáculo completamente inesperado. Y entonces Cheidse, sin perder su aspecto sombrío pronunció el siguiente discurso de «salutación», que tenía más de prédica moral que de otra cosa, no sólo por el tono, sino también por el espíritu que lo animaba: «Camarada Lenin: Le saludamos al llegar a Rusia, en nombre del Soviet de Petersburgo y de toda la revolución... Pero entendemos que en la actualidad la principal misión de la democracia revolucionaria consiste en defender nuestra revolución contra todo ataque, tanto de dentro como de fuera... Confiamos en que usted abrazará con nosotros estos mismos fines.» Cheidse calló. Yo, sorprendido, estaba desconcertado... Pero Lenin sabía muy bien, por lo visto, qué actitud había de adoptar ante aquello. De pie en medio del salón, parecía como si todo lo que estaba ocurriendo allí no tuviera nada que ver con él. Miraba a derecha e izquierda, se fijaba en los que le rodeaban, clavaba los ojos en el techo, arreglaba su ramo de flores, «que armonizaba muy mal con su figura», y después, volviendo completamente la espalda a la delegación del Comité ejecutivo, «contestó» del modo siguiente: «Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros: Me siento feliz al saludar en vosotros a la revolución rusa triunfante, al saludaros como a la vanguardia del ejército proletario internacional... No está lejos ya el día en que, respondiendo al llamamiento de nuestro camarada Carlos Liebknecht, los pueblos volverán las armas contra sus explotadores capitalistas... La revolución rusa, hecha por vosotros, ha iniciado una nueva era. ¡Viva la revolución socialista mundial!»»

      Sujánov tenía harta razón: el ramo de flores armonizaba mal con la figura de Lenin, le estorbaba y cohibía, indudablemente, desentonando sobre el fondo de Lenin, le estorbaba y cohibía, indudablemente, desentonando sobre el fondo severo de los acontecimientos que se estaban desarrollando. A Lenin no le gustaban las flores en ramo. Pero todavía tenía que cohibirle mucho más aquella hipócrita recepción oficial, celebrada en el salón regio. Cheidse era algo mejor que su discurso de salutación. A Lenin le temía un poco. Pero le habían advertido, indudablemente, que era menester hacer entrar en razón, desde el principio, a aquel «sectario». Completando el discurso de Cheidse, que demuestra el lamentable nivel de los que dirigían la política, a un joven comandante de la escuadra que habló en nombre de los marineros se le ocurrió expresar el deseo de que Lenin entrase a formar parte del gobierno provisional. Así era como la revolución de Febrero, endeble, verbosa y un poco simple también, recibía a un hombre que llegaba con el firme propósito de ponerse al frente de ella con el pensamiento y la acción. Estas primeras impresiones, que decuplicaban el sentimiento de inquietud que ya traía consigo Lenin, provocaron en él una indignación difícil de contener. Había que poner manos a la obra inmediatamente. En la estación de Finlandia, al volver la espalda a Cheidse para volverse de cara a los marineros y los obreros, al abandonar la defensa de la patria para apelar a la revolución mundial y trocar el gobierno provisional por Liebknecht, Lenin anticipaba como un pequeño ensayo la que había de ser toda su política ulterior.

      A pesar de todo, aquella revolución, un poco chapucera, recibió inmediatamente en sus brazos al guía con efusión. Los soldados exigieron que Lenin se subiera a uno de los autos blindados, y Lenin no tuvo más remedio que complacerles. Las sombras de la noche deben a aquel desfile un carácter imponente. Los autos blindados llevaban todas las luces apagadas, y el reflector del automóvil en que iba Lenin hendía las tinieblas. La luz recortaba sobre las sombras de la calle a la masa de obreros, soldados y marineros que habían hecho una magna revolución, pero dejándose luego arrebatar el poder de las manos. La música militar dejó de tocar varias veces durante el trayecto, para que Lenin pudiese repetir su discurso de la estación, en diversas variantes, ante la muchedumbre que salía a su paso. «Fue una recepción triunfal y brillante -dice Sujánov-, y hasta muy simbólica.»

      En el palacio de la Kchesinskaya, donde se hallaba instalado el Estado Mayor bolchevista en el nido de sedas de una bailarina palaciega -mezcolanza fortuita que había de regocijar la ironía siempre despierta de Lenin-, empezaron de nuevo los discursos de salutación. Lenin soportaba aquella avalancha de discursos ditirámbicos con la impaciencia con que un transeúnte acuciado espera que pase la lluvia, refugiado en un portal. Le satisfacía el júbilo sincero que producía su llegada, pero se lamentaba de que este júbilo se exteriorizase con tal derroche de palabras. El tono de los saludos oficiales parecíale afectado, imitación del de la democracia pequeñoburguesa, declamatorio, falso y sentimental. Veía que la revolución, antes de asignarse sus fines y trazarse el camino que había de seguir, había creado ya una etiqueta propia y fatigosa. Lenin se sonreía con una sonrisa que tenía su parte de bondad y de reproche, miraba el reloj y, de vez en cuando, bostezaba seguramente. Apenas se habían disipado las palabras del último saludo cuando el insólito viajero lanzó sobre el auditorio el torrente de sus ideas apasionadas, que no pocas veces restallaban como latigazos. Por aquel entonces, los bolcheviques no se servían aún del arte de la taquigrafía. Por aquel entonces, los bolcheviques no se servían aún del arte de la taquigrafía. Nadie tomaba notas, todos estaban excesivamente pendientes de lo que sucedía. Aquel discurso de Lenin no se ha conservado; no quedó más huella de él que la impresión general que dejó en el recuerdo de los que le oyeron. Además, el tiempo se ha encargado de refundirlo, añadiendo entusiasmo y quitando miedo. Pues en realidad la impresión fundamental del discurso, aun en los más allegados, fue de eso, de miedo. Todas las fórmulas habituales que se creían arraigadas, a fuerza de repetirse una vez y otra durante un mes seguido, veíanse destruidas unas tras otra ante los ojos del auditorio. La breve réplica de Lenin en la estación, lanzada por encima de los hombros del estupefacto Cheidse, se desarrollaba ahora en un discurso de dos horas destinado directamente a los militantes bolcheviques petersburgueses.

      Sujánov se hallaba allí por casualidad, en calidad de invitado, gracias a la condescendencia de Kámenev. Lenin no podía soportar aquellas amabilidades. Pero, gracias a esta circunstancia, contamos con un relato mitad hostil y mitad entusiasta del primer encuentro de Lenin con los bolcheviques de Petrogrado, hecho por un observador ajeno al partido.

      «No olvidaré nunca aquel discurso, parecido a un trueno, que me conmovió y asombró, y no sólo a mí, hereje que había entrado allí sin derecho a entrar, sino a todos los correligionarios. Puedo afirmar que nadie esperaba nada parecido. Diríase que habían salido de sus madrigueras todas las fuerzas elementales y que el espíritu de la destrucción, arrollando sin miramientos las barreras, las dudas, las dificultades, los cálculos, se cernía sobre la sala de la Kchesinskaya, por encima de las cabezas de los discípulos hechizados.»

      Para Sujánov, las dificultades y los cálculos consistían principalmente en las vacilaciones de los redactores de la Nóvaya Jizn, mientras tomaban el té en casa de Máximo Gorki. Los cálculos de Lenin iban más allá. Y no eran las fuerzas elementales precisamente las que se cernían sobre la sala, sino el pensamiento de un hombre que no se arredraba ante las fuerzas elementales y se esforzaban en conjurarlas con el fin de reducirlas. Pero es igual: la impresión está dada con bastante relieve.

      «Cuando me puse en camino con los camaradas -dijo Lenin, según Sujánov- me figuré que desde la estación me llevarían directamente a la fortaleza de Pedro y Pablo. Como vemos, no hay nada de eso. Pero no perdamos la esperanza. ¡Ya llegará ese día!» Mientras que para los demás los derroteros de la revolución tendían a reforzar la democracia, para Lenin la perspectiva inmediata representaba la fortaleza de Pedro y Pablo. Aquello parecía una broma de mal augurio. Pero no, Lenin y con él la revolución no estaban para bromas.

      «Lenin -se lamenta Sujánov- echó por la borda la reforma agraria en forma legislativa, así como la política del Soviet, y proclamó la expropiación organizada de la tierra por los campesinos, sin esperar a que se la concediese ningún poder del Estado.»

      «¡No nos interesa nada la república parlamentaria, la democracia burguesa! ¡No nos interesa ningún gobierno que no sea el de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos!»

      (sigue)
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